Saturday, February 28, 2009

En cama

Nada a la vista. Adela, La Chica, antes “mi chica”, vino a decirme que durante nuestra relación se tiró a un tipo del que, por supuesto, no quise saber. Aunque dijo que no había significado nada. Tuve que echarla de mi casa. Más tarde vuelve Gómez con dos botellas de whisky, pero no tengo humor de beber, sólo quiero irme a la cama.

Viernes. Una mañana más tarde lucho para desenredarme de las cobijas e incorporarme a la rutina diaria, pero no lo consigo. Desde mi recámara escucho roncar a Gómez. Debo subirle la renta. Acomodo la cabeza nuevamente en la almohada buscando un poco más de sueño, pero es inútil. A continuación me asaltan una serie de preguntas sin respuesta clara ¿Por qué no he renunciado a ese trabajo tedioso? ¿Por qué tantos gozan de sus oficinas y empleos? ¿Por qué te complace tanto tu llamado “estatus social”? y ¿Por qué tenía que estar enfermo la última vez que le eché un polvorón a Adela? Carajo. Rondo cada pregunta al menos por media hora en la duermevela y cada vez más preguntas sobrevuelan mi cabeza como gaviotas en un puerto. Torpemente, las cortinas filtran al sol que ya está bien alto en el cielo. Odio la oficina, quizá el lunes tampoco me presente y es muy seguro que un par de cretinos o más reclamen mi ausencia. ¿Y qué? ¿No tienen nada mejor qué hacer? Cuando salgo de mi habitación, encuentro a Gómez en el sillón mirando la tele y rascándose las pelotas. Ni siquiera ha prendido la televisión, está demasiado concentrado en su comezón, o acaso se la está jalando. Espero que no y le dejo en paz. Ah ¿qué desayunar? Gómez despierta de su trance y dice que preparará huevos, qué conveniente.

Más tarde me armo de valor y salgo a la calle. Llego a la casa de Adrián, quien no tiene ánimos de conseguir empleo y, aunque los tuviera, tal vez le cerrarían las puertas en la cara, para como está la situación. Me cuestiona por no haber ido a trabajar pues desearía tener al menos una oportunidad. Le digo que si estuviera en mi situación haría lo mismo y que seguramente se habría aburrido ya de su trabajo. Aparentemente ese aburrimiento llega a producir corrupción y delincuencia. La verdad es que el mundo nos tiene bastante desencantados. Ni siquiera las juergas pueden rescatarnos del hastío o darnos un poco de motivación. ¿Para qué enfrentarnos a una resaca? Aún así no parece tan mala idea y preferimos echar un trago del whisky que le regaló su papá antes de montar su auto y dirigirnos a un bar de moda, sólo para salir de lo habitual. Probamos en la cadena, por supuesto no esperamos entrar. A Adrián se le ocurrió que nos presentáramos a la entrada del lugar con latas de cerveza en la mano para molestar un poco a la concurrencia, aunque nuestra mera presencia con atuendos que son claramente diferentes a los de los muchachos frescos que asisten al lugar debe ser suficiente. Primero seremos ignorados y después rechazados llanamente. Al fin sucede, dos gorilas nos toman del cuello dirigiéndonos al estacionamiento y ahí nos dejan. Una chica grita que nos dejen en paz, su amiga la toma de la mano y trata de alejarla de la escena. Adrián parece muy divertido con todo esto, a mi me preocupa el puñetazo en la cara que acabo de recibir y pido clemencia manchando un poco de sangre el cuello del guardia que me apresa. Los guardias se marchan, pero las chicas no. La que gritó primero corre hacia mí, y la otra se planta en su lugar con una mirada que indica que no es la primera vez que pasa esto con su amiga. Cuando ella llega a mi lado y pregunta si estoy bien, le beso los labios y, para mi sorpresa, no me rechaza. Ni siquiera está ebria. Le propongo que abandone la idea de entrar a ese lugar de porquería y continuemos la noche en mi casa. La amiga no quiere ir. Adrián trata de convencerla y lo logra, no sin antes recibir un par de cachetadas. ¿Tendré que llevarla a su casa? Adrián nos lleva a la mía.

A la mañana siguiente lucho por desenredarme de los brazos y piernas de la chica del bar. Gómez está parado en el marco de la puerta oliendo la ropa interior de la muchacha y cuando me mira menea la cabeza de forma desaprobatoria. Gómez dice que Adrián está en el otro cuarto y que a media sesión lo dejó entrar para que él pudiera montar a la amiga de Olivia, que no me suelta. Delicadas jovencitas ambas. Seguramente contarán a quien les pregunte que su amiga se embriagó y que debieron llevarla a su casa, donde quedaron atrapadas hasta el día siguiente. Quién sabe, tal vez acepten lo que han hecho y acaben diciendo que no significó nada. Y en eso estaré de acuerdo.

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