Tuesday, March 18, 2008

Un amanecer mas, uno menos.

Desde muy pequeño padeció del sueño, quizá no como en las últimas noches. Tres días atrás había recibido una noticia que le cambió el panorama de su vida y la de Mirna su mujer, pronto serían padres. En realidad anhelaba descendecia, pero no en un mundo como en el que vivía, donde "la gente se complace con tan poco, la calidad humana se desvirtúa cada vez más y pretendemos ser felices cuando en realidad estamos vacíos", y terminaba diciéndole a Mirna "tú y yo estamos lejos de eso".
Cuando niño despertaba ya avanzada la noche llorando y pidiendo por sus padres, que vivían lejos de él y de su hermana; le aterrorizaba la idea de quedarse solo el resto de su vida aunque disfrutaba precisamente de los momentos en los que nadie lo acompañaba. Soñaba con el fin del mundo, del que tanto le habían contado las religiosas de la escuela. Esas monjas que miraban siempre al piso pero que de vez en cuando reprendían a una que otra oveja descarriada con gloriosos y santificados fuetazos. En sus sueños se veía como único sobreviviente al sonar de la séptima trompeta, solo, iluminado por el resplandor del rojo cielo.
Fue un niño regularmente normal -a veces muy estúpido, otras depresivo-, nacido en el seno de un matriarcado casi perfecto. Creció y se regocijó tan católico como el que más. Este niño vivió complacido aunque lejos de sus padres. En alguna de esas visitas que sus padres solían hacerle a su hermana y a él, el pequeño olvidó quienes eran esos señores que lo veían con un extraño aprecio, había olvidado a sus padres.
Los sueños continuaron mientras crecía. Estas ensoñaciones se volvían más permanentes. Las imágenes se iban, pero la sensación de vacío que le causaban se quedaba en él. Conforme los años transcurrían su actitud cambió. Siempre había sido un tanto estúpido y presumido, y en cada etapa de su corta vida (infancia, pubertad, etc.) lo demostraba: como infante católico siempre tuvo la Biblia más gruesa o cuando adolescente "rebelde" fue el que más insultos les dijo a sus padres o a la "sociedad". Siempre tan anclado a su edad. Su acné adolescente desapareció mas el insomnio permanecía desde la infancia. Llegó a parecerle algo normal que sufriera jaquecas por las mañanas a causa de la falta de sueño hasta que descubrió que no todos veían la aurora al menos cuatro veces por semana. Los dolores de cabeza provocados por el insomnio eran insoportables y los que le provocaban los antidepresivos -que robaba del cajón de su abuela- eran aún peores, mas el efecto que surtían en él regían su vida, aunque fuera por unas horas.
"Será niña" dijo Mirna mientras un par de lágrimas escurrían por sus mejillas, el llanto de felicidad de su esposa lo conmovía poco a pesar de querer criar a una niña. Quería llamarla con el nombre de su sueño más recurrente, la Aurora. Ella sí tendría padres de tiempo completo. Pudo saborear las lágrimas de Mirna mientras ella le acercaba su rostro. Federico no sabía que hacer, así que fue al baño e intentó vomitar pero recordó su ayuno. Todo era inutil, cada vez que la noche llegara ya no tendría que luchar contra la idea del Apocalipsis, sino con el futuro que le deparaba a su primogénita. Se consolaba por unos momento, al menos hasta conciliar el sueño, masticando raíces de valeriana y acariciando la delicada barriga de Mirna. Pero esa noche no bastó con eso.
Era un monstruo, un demente que se había dispuesto a enviar a una inocente a un mundo cruel al que ni él mismo había sobrevivido. Ni la valeriana, ni el calor del cuerpo que abrazaba eran suficientes para calmarlo y hacerlo conciliar el sueño, al menos por la hora que resta para levantarse e irse a la fábrica. ¿Era en verdad un asesino? La pequeña no merecía padecer una vida en un lugar como ese, la única que podría vivir. Comenzó a dar vueltas en su lado de la cama.
-¿Qué te ocurre, otra vez el insomnio?- dijo Mirna sin incorporarse. –la vida es una puta ¿sabes?- espetó Federico. –las putas tienen buenos momentos, como los que nos esperan. – contestó Mirna sin afán. -La vida es una puta- cerró él. A Mirna no le costó mucho volver a dormir, eso era algo que él envidiaba. A ella no le importaba si la vida en realidad era una mierda, ella gozaba de la vida y eso siempre le había funcionado bien.
Se levantó, caminó por el departamento de INFONAVIT* que habitaban. Esta vez no había consuelo. Sería imposible cambiar el mundo, pero había pensado en una solución. Fue a la cocina y abrió el cajón donde guardaban los cuchillos. La madrugada estaba por iluminarse. Caminaba descalzo pisando uno que otro insecto, nada le importaba, estaba decidido a terminar con el Viacrucis que le esperaba a su hija.
Se detuvo frente a Mirna porque le complacía verla tan quieta. El frío del amanecer le caló hasta las rodillas. Caminó unos pasos y se inclinó para besarle la frente a su mujer. Sostenía el cuchillo en la mano derecha y con la izquierda abrió la cortina de su habitación. Volvió con Mirna y sin más le clavó el frío metal en el vientre, una y otra vez hasta completar dieciocho puñaladas. La mirada de Mirna lo seguía como pidiéndole una explicación. Las sábanas se manchaban de rojo mientras el cielo era pintado por la aurora.
Federico volvió a la cama, acarició la barriga de Mirna y durmió a su lado.


*INFONAVIT, Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores. Encargado de otorgar crédito para que los trabajadores puedan adquirir su vivienda.

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