9:51 p.m.
Aunque poseía una vida relajada nunca podía estar tranquilo. Los días corrían inalcanzables, pero las noches no eran tan malas a fin de cuentas. Nunca estaba sólo. Al menos así me sentía y no estaba tan equivocado.
-No grites así, ni que fuera para tanto.
-¿Y qué quieres que haga entonces?
-Que no lo hagas tan fuerte -dije sonriendo.
-¡No! ¡Tú no lo hagas tan fuerte!
-Cállate -y continuamos. Luego dormimos doce horas.
Sandra no lograba concentrarse en algo que no fuera sus estudios y la pastilla anticonceptiva. Aunque eso era una gran ventaja (sobre todo lo último) ya no me bastaba para lo que en verdad deseaba. La conocía poco, pero lo suficiente como para haberle ofrecido vivir conmigo y de algún modo había llegado a amarla.
Que mis padres compraran una casa me dejó un departamento para usarlo como “taller”, que es lo que ellos saben. Soy un señorito burgués en un matriarcado perfecto. La familia Reyes se ha distinguido por eso durante más de cuatro generaciones. Aunque el resto de las familias también son matriarcados.
Los señores Bianchi habían echado a su hija de casa por “hereje” cuando se negó a ir a la misa dominical, lo que significaba para ellos la excomunión instantánea tanto de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana; como de la familia. Ahora la pequeña de 20 años vivía en mi departamento. Sin trabajo pero en la escuela y yo como sustento.
La familia Bianchi, italianos entonces, había llegado a principios del Siglo XX a América, buscando la Tierra de las Oportunidades, pero terminaron estableciéndose en México. Cuando Concepción González llegó a la residencia de Ciccio Bianchi, el joven primogénito italiano no tardó mucho en encamar a la ingenua Conchita, que servía a los Bianchi. Conchita se embarazó y de inmediato reclamó matrimonio. Ciccio fue obligado a acudir a un sacerdote para que los uniera en Sagrado Matrimonio y así no levantar polvo con su pecado. Durante el embarazo, Conchita frecuentaba al médico de la familia para hacerse una revisión semanal. El reconocimiento era completo.
-¿Podría quitarse la ropa por favor señorita? -Decía el médico con voz profunda.
-Ay doctor... ¿es esto necesario?
-No se preocupe -decía el médico -esto es meramente rutinario. Yo sé que usted está en excelentes condiciones -comentaba mientras exploraba el bien formado cuerpo de Conchita.
-¡Cómo será Doctor Varela! Ni la burla perdona.
Meses después el pequeño Benito, como Mussolini (¿o como Juárez? No recuerdo), vio la luz. La vida de Benito no tuvo nada relevante, hasta que conoció a Eva Lara. Hace veinte años la embarazó, se casaron (para continuar con la costumbre y, sobre todo, para conservar la moral católica tan arraigada en la familia) y nació Sandra.
Yo, Federico, había dejado la escuela hacía apenas un año atrás, con un título que me acreditaba como Comunicador Gráfico y mi empleo consistía en pesar paquetes para que la gente colocara las estampillas equivalentes al costo del peso. El correo no paga muy bien pero mi “mamita” enviaba una mensualidad que nos mantenía a Sandra y a mí. Además de que es un empleo que me permite dedicar más de la mitad del día a mis “ocupaciones personales“.
6:45 p.m.
-¿Cuándo vas a conseguirte un mejor empleo?
-¿Que cuándo voy a conseguir empleo? -se quejaba a veces y hoy es un día de esos -tendré un mejor trabajo cuando la sociedad sea justa con los profesionales y los salarios tengan el suficiente poder adquisitivo como para comer bien con un día de trabajo.
-No me gusta que me contestes así. ¿Me crees idiota? -la miraba en silencio -¡Contéstame! ¿Te quedaste mudo?
-¿Y para qué quieres que consiga un mejor empleo? Si todo lo que pides lo tienes. Además, nos alcanza bastante bien con lo que tenemos, no necesitas más -continuaba sin sentido y entre dientes agregué -Al menos no materialmente.
-¿Y tú qué, no piensas mejorar? -me sacudió un golpe seco junto con un ruido sordo.
-Yo... -la boca seca -el correo es... ¿te dije que una señora me pidió que le hiciera unos grabados?
-Eso no basta -ahora su voz tenía un extraño tono conciliador -desde mañana compras el periódico y... -Sonaba el maldito timbre y quién podía ser sino Gómez. Sin haberlo visto podía saber que era él. Siempre llegaba en las peores situaciones y su manera de llamar a la puerta era inconfundible... sonaba como las demás pero tenía un tono jodidamente insistente. Cuando Sandra abrió la puerta, alcancé a ver la estúpida sonrisa de Gómez. Gómez es un tipo regordete, adicto a los antidepresivos y al whisky. Gómez lleva una vida como la mía. La diferencia entre nosotros radica en que él no tiene ni empleo, ni a Sandra.
-Es Gómez -dice Sandra sin amabilidad y esquiva un intento de Gómez por besarla. Así saluda Gómez.
-¿Cómo están? ¿Llego en mal momento? Escuché como que discutían.
-Para nada Gómez, siéntate -dije.
Sandra corre a nuestra recámara huyendo de Gómez. Y no es que la compañía de Gómez me sea molesta, es un buen tipo, supongo; pero no conozco a nadie más pesado que él. Tal vez sean mis prejuicios.
-Oye... -dice Gómez en voz baja, como queriendo ocultar algo -¡Pero qué pedazo de carne has agarrado cabrón! ¿Deja que te la folles por detrás? -no, no son mis prejuicios -¿Ya cuánto tiempo tiene aquí? Bueno, eso no importa. ¡Te la has de tirar diario, hijo de tu pinche madre!
-Nada de eso Gómez- mentí.
-Pues qué pendejo eres, yo no dejaba ese culo en paz ni un instante.
-Tú sabes que soy un pendejo- repliqué.
-Siempre lo has sido.
-Y lo seguiré siendo -me harté.
-Ya sé... Pero no vine para molestarte -es bueno saberlo -¿qué van a hacer al rato?
-Pues no tenemos nada planeado en realidad nunca tenemos nada planeado, somos amantes de la espontaneidad. Pero hace dos semanas que no salimos a ningún lado ¿qué sugieres Gómez?
-Pues vamos a chupar ¿no? -no esperaba otra propuesta de Gómez -conozco un bar que, si bien no es de lujo, aguanta para un rato -buena sugerencia -¿entonces nos vamos ya o qué?
-¿No es muy temprano? Apenas van a dar las siete
-¿Y si es temprano qué? ¿Vamos o no?
-Tengo que ver si Sandra quiere ir. Últimamente ha estado un tanto triste, ya sabes, sus papás no le hablan, ni contestan sus llamadas... -mentir es un oficio que muy pocos saben manejar.
-¡Te has vuelto su esclavo!
-¡No la puedo llevar a la fuerza pendejo, deja de estar chingando!
-¡Ay, el sometido!
Gómez tiene una cabeza particularmente grande. Gómez nunca se cansa. Gómez se ríe y hurga en la cantinita mientras camino a nuestra recámara. Sandra ha encendido el televisor.
-¿Ya se fue el marrano? -ladra apenas abro la puerta.
-No... -sonrío -pero nos invita a un bar.
-¿Ir con él? ¡No me jodas! ¡Yo no salgo con él para nada! La última vez trató de meterme mano! -y no mentía. Para cuando me di cuenta Gómez le estaba levantando la falda y al instante tenía el dulce puño de Sandra en la nariz. Lo último que recuerdo es que la hemorragia paró media hora después, ante un médico de cuarta.
-Tú sabes cómo defenderte. Además, te juro que esta vez no te dejo sola.
-Como siempre -y como siempre tenía respuestas encantadoras para todo.
-Bueno ¿vamos o no? Ya sabes que él paga.
-¿Dónde está mi abrigo?
Salgo de la recámara y veo a Gómez revisar mis discos con un vaso de Jack Daniels en la mano. Siempre tengo Jack Daniels.
-¿Entonces vamos o no? -pregunta el buen Gómez.
-Espera Gómez, tenemos que terminar algo que empezamos.
-Bueno ¿los espero abajo?
-No tardamos.
-¿Qué van a hacer que no me necesitan?
-Nada Gómez. Ahora te alcanzamos. Ya sabes, las mujeres siempre tienen que estar presentables por si se ofrece -dije en voz baja -yo le digo a Sandra que no se moleste porque ella siempre luce hermosa, pero nunca me hace caso. No te preocupes, no tardamos -lo dicho, mentir es una habilidad que pocos tienen y el sarcasmo es encantador.
-Bueno. Supongo que no me vas a invitar.
-Supones bien.
-¿Ni a ver?
-Ve a sacar el auto -lo empujo fuera del departamento.
-Pero no te tardes. Pinche ojete -escucho que dice cosas que no alcanzo a entender mientras espera el ascensor. Espero que se rompan los cables del elevador, que caiga sin control y Gómez muera... ¿pero quién pagaría los tragos? ¡Larga vida a Gómez! Sandra sale de la recámara, no se ha arreglado pero brilla como siempre.
-A ver, Federico ¿estamos de acuerdo en que tienes que encontrar un mejor empleo?
-De acuerdo.
-¿Estamos de acuerdo en que mañana mismo dejas el correo y sales a buscar un trabajo a tu medida?
-De acuerdo mamá.
-¿Nos vamos? -me da un beso.
-Vamos, soy tu esclavo –y vuelvo a tener ocho años.
6:54 p.m.
Cerré la puerta mientras Sandra presionaba el botón del elevador. Tarda. Me acerco lo suficiente como para tomarla por la cintura.
-¿Qué haces? -pregunta aunque sabe qué intento.
Vivimos en el quinto piso. El ascensor llega justo a tiempo para evitar que haga presa de su cuello. Es un elevador pequeño.
-¿Qué haces? – vuelve a preguntar con una sonrisa felina.
-Nada -ella sabe lo que hago.
-¿Cómo se para esto? -pregunta.
-¿Ves el botón rojo?
Nos detenemos en el tercer piso. Sandra me besa. Yo apuesto mi boca en su cuello y mis manos aprietan sus nalgas. Lleva la falda gris que cae por debajo de sus rodillas. Comienzo a jugar con mi mano entre sus piernas. Me desabrocha el cinturón, luego los botones del pantalón; para cuando llega a la bragueta me la ha puesto tan dura y lista para saltar fuera, pero alguien pide el ascensor en el quinto piso.
-¿Están llamando al elevador? -pregunta Sandra sin soltarme el canario.
-En el quinto piso -le contesto mientras desabrocho su blusa.
-Que esperen -Sandra vuelve a lo suyo.
-Ahora es en este piso.
-¿Pues cuánta gente vive aquí?
-Olvídalo. Sólo no vayas a gritar como anoche -me sonríe mientras levanta su pierna derecha. Así que echo a un lado sus bragas y le doy un beso como para pedirle permiso, me responde violenta con su lengua. Tomo su muslo derecho y la penetro de una vez. Me muerde un labio. Su interior es cálido. Sandra es así. Nuestros movimientos son torpes en un lugar tan pequeño. Sandra comienza a gemir, pero no le puedo reclamar nada. Levanta su otra pierna y se cuelga de mí. Cierra su ojos y se entrega completa. La penetro con cuidado mientras me muerde los labios. Una vez, otra y otra la presiono contra la pared del elevador. Cuando vuelve a abrirlos me clava la mirada a los ojos, me reflejo en ella. Mis piernas no dan para más pero no importa. Por debajo de mi camiseta rasga mi espalda con sus uñas mientras le muerdo una oreja. Grita. Ahora comprendo que follar no es igual a hacer el amor. Sandra y yo hacemos el amor. Aún así, esto es inmoral somos sucios. A veces Sandra dice cosas que no entiendo.
-Federico -apaga mi nombre en un suspiro.
-Te amo -contesto.
Han pasado 10 minutos desde que entramos al ascensor. Planta baja y Sandra sigue sonriéndome, yo sonrío también y la anciana fuera del ascensor nos sonríe; todos parecemos felices, pero ninguno lo somos. ¿En realidad nuestras vidas son tan vacías? Espero que algún día esto cambie. El frío de la noche nos abraza.
7:08 p.m.
El Horario de Verano hace que a las siete todo se vea como a la media noche. Ninguna Cenicienta a la vista, sólo la gorda cabeza de Gómez asomándose por la ventanilla de su auto.
-¡Apúrense chingá! -chilla.
-¡Cállate esa boca, nieto de puta! ¿Qué no ves que hay una dama presente? -le reclamo entre risas mientras le abro la puerta del auto a Sandra.
-¡Pero por supuesto, cómo pude olvidarlo! Disculpe usted, bella damisela -dice Gómez mientras hace una reverencia. Sandra le enseña su dedo medio.
-¿Adónde vamos? -pregunta Sandra.
-A “La Roca“ -responde Gómez.
-Suena como un congal. ¿Es un congal? -digo.
-No, no es un congal, es un bar cualquiera.
-¿Y por dónde está? -pregunta Sandra.
-Por Cabrera y Lavalle.
-¡Ah, ya sé dónde es, yo pasaba diario por ahí cuando iba a la prepa! Mis papás viven a dos cuadras de Cabrera -dice Sandra apretando mi mano. ¿Querrá que los visitemos? Espero que no. Sus padres nunca me “aceptaron“. Pero ese es el precio que se ha de pagar cuando eres un pelagatos cualquiera. Pero debo agradecerles que me hayan mandado a su retoño después de echarla de casa ¿cómo pretende volver si no lo ha hecho desde entonces?
-Pues si quieres podemos pasar a verlos, al fin está cerca -Gómez siempre tiene buenas ideas.
-¡Oye, no estaría tan mal! -Sandra ama a sus padres. -¿Tú qué dices mi-amor? ¿Pasamos?
-¡Ve tú si quieres! ¿Crees que Eva quiera verme después de que le robé a su única hija? Me sacaría los ojos apenas me viera. Mejor no me arriesgo. No me gustan los dramas. Además qué caso tiene hacerle pasar un mal rato a tus papás.
-¡Anda, vamos!
-Ya te dije que no, hay que esperar al menos otra semana.
-Pero ya estamos cerca. Yo creo que sí deberíamos de ir -¿Quién lo invitó? Gómez nunca se cansa.
-¡Calla tu gorda boca y no la metas en esto imbécil, tú no sabes lo que sus padres pueden hacer si la ven conmigo!
- ¿Te importan mucho sus papás, no? ¿Qué le pueden hacer güey?
-Sí ¿qué me pueden hacer?
-¡Pegarle unas nalgadas! ¡Eso es..! -estalló la cabeza de Gómez con una carcajada y Sandra lo siguió.
-¡Ja-ja-ja! ¡Mis papás pegándome unas nalgadas!
-¡Bueno ya basta! -grité. No podía creerlo. Sandra y Gómez se reían de mí. Era una comunión que nunca imaginé.
-No te enojes Fede -nunca me ha gustado ese apelativo -ya verás que no va a pasar nada. Mi mamá no es como te imaginas, ella sí sabe cuándo controlarse...
-Vamos pues... -estaba resignado -Da vuelta en el semáforo Gómez.
-Sé por dónde ir pendejo -chillaba esa gigantesca cabeza -pero creo que ya no se va a poder.
-¿Por qué? -pregunté -¿qué pasó?
-Se ponchó una llanta...
-No mames...
7:35 p.m.
Sandra decidió que lo mejor era caminar al edificio donde viven sus papás y no quedarse a esperar a que cambien la llanta. Alguien tenía que ayudarle a Gómez así que me quedé muy a mi pesar, tuve que hacer el sacrificio. El edificio está a menos de cien metros y podía ver a Sandra caminando con la cabeza agachada hacia el edificio, ahora voltea hacia donde estamos, se acomoda el cabello, entra al edificio.
-¡Pásame la llave de cruz, cabrón!
7:54 p.m.
-Yo no quiero subir güey, a mí me late que su mamá me va a mandar a la chingada -gemí.
-Ya no seas puto y sube.
-¿Y tú me vas a acompañar?
- No ¿cómo crees que voy a dejar el coche aquí? Alguien tiene que quedarse a cuidarlo ¿Qué tal que llega uno de tránsito y me lo levanta? ¡No mames! Además por lo que dices esa señora es una fiera y no quiero que me confunda con uno de tus “amigotes” -decía mientras sostenía una sonrisa desesperante -¿Qué tal que a mí también me quiere sacar los ojos? ¡Ja-ja-ja!
-¡Vamos güey! ¡Acompáñame! - y yo estaba ahí suplicándole a Gómez.
-No, cabrón. Esa es tu bronca ¿Además a qué le tienes miedo, qué te puede hacer esa señora si Sandra es mayor de edad? -al fin salían frases sensatas de su boca, ya no parecía tener una cabeza gigantesca -ándele güey, no se apendeje.
Las palabras al aire de Gómez me animaban un poco. ¿Qué me podría pasar? No mucho. Legalmente, Sandra ya era mayor de edad y no necesitaba el consentimiento de sus padres para actuar, Tal vez unos insultos, quizá hasta rasguños; pero tengo una buena cicatrización. Todo está bien.
-No güey, mejor no voy a subir.
-Chale.
Y nos quedamos sentados en el cofre del auto aguantando el frío.
8:26 p.m.
Tuve que subir por ella una hora después de que nos había dejado. Me paré frente a la puerta y llamé tres veces. Temí que mi “nok, nok” sonara descortés.
-Ha de ser Federico -escuché decir a Sandra.
-¿Qué! -aulló su madre -¡no me digas que trajiste a ese adicto! -sonreí al escuchar eso.
-Ya, mamá -y Sandra abrió la puerta.
-Buenas noches -dije con el tono más servil y una sonrisa en la boca, pero no encontré respuesta.
-Buenas noches -susurró al fin mientras se retiraba a la cocina. Ahora sé cómo se siente Gómez.
-No le hagas caso -me dijo Sandra en voz baja -así es siempre.
-No, yo creo que no ¿por qué no te despides y nos vamos? El Gómez se va a arrepentir.
-¡Por supuesto que no! -dijo contundente -voy a esperar a que llegue mi papá para saludarlo -su madre volvía de la cocina lanzándome fuego por los ojos, pero disimulando con una sonrisa que hacía resaltar una vena en su frente, Eva Lara era una mujer de cuidado con la que no podría usar bromas baratas para “romper el turrón”.
-¿Gusta algo? -dijo con su mirada clavada en mis ojos -¿café, té, refresco..? ¿Cerveza? -Sandra sonrió, ahora sabía por quién era así.
-No señora, gracias, no acostumbro tomar en una casa de buena moral -sonreí –sólo tengo mala pinta, pero no tan mala educación.
-¿De qué habla usted? -había cambiado su mueca.
-De nada, no me haga caso.
-Mamá -entró Sandra.
-¡Que no? ¡Usted incita a mi hija para que se aleje de nosotros y quiere que todo me lo tome muy a la ligera?
-Nada de eso señora ¡Nada pasó así! -bienvenidas sean las lágrimas, Eva se quebraba en llanto ante la mirada atónita de su hija.
-¡Me llevó veinte años educar a Sandy como para que un mugroso venga a robármela! -seguía con el llanto.
-Sandra está en mi casa porque ella lo quiere -Sandra en silencio -¿no es así? ¡Dile a tu mamá!
-¡No le grite que no tiene derechos sobre ella! -esa frase me hizo reír como nunca y no pude contenerme.
-¡Ahora se ríe, desgraciado! -y seguía llorando con las manos en la cara y la cabeza hacia el suelo -¡Yo no sé qué hice para que mi Sandy se largara con un patán! ¡Buu-juuuu-juuu! ¡Dios mío, qué le pasó a mi Sandy! -era tiempo de huir.
-Mamá, espera...
-Discúlpeme señora, pero me parece que tiene que hablar con Sandra de muchas cosas. No es momento para pelear, así que mejor me voy para que usted pueda continuar con su escena. -Me sentía como un viejo -Si Sandra quiere quedarse o no, será su propia decisión, ni suya, ni mía -no era yo el que hablaba, esta vez la razón sobrepasaba mis acciones -dile a tu madre adónde te quieres quedar, aquí o conmigo -Sandra no hacía nada.
-¡Es usted un cobarde, ¡Un desgraciado! ¡Cobarde!
-Soy lo que usted me diga Eva... -al escuchar que la llamaba por su nombre se descubrió la cara y me miró con los ojos tan abiertos como su boca. Al momento volvió a dale al asunto de las lágrimas -si vas a volver, te espero en el bar.
-Está bien -dijo Sandra mirándonos incrédula.
-¡Y, además, borracho! -sacó entre sollozos.
-¡Ya cálmate mamá!
Me dirigí a la puerta, giré la perilla y salí mientras escuchaba cómo la madre de Sandra le gritaba -¿Y te vas a ir con ese infeliz borracho! ¡Yo sabía que cuando entraras a una escuela pública te nos ibas a descomponer! ¡Esto es un castigo de Dios! -y otras cosas que sin duda había modificado de las que había aprendido de la abuela, y la abuela de su madre y así por los siglos de los siglos amén.
Era un día nublado y hacía frío, el viento soplaba fuerte. Gómez esperaba en su auto fumando un cigarrillo.
-¿Qué pasó? ¿Ya estuvo? ¿Ya te vas a casar?
-¡No mames! ¡La pinche vieja se puso a llorar!
-¿Y Sandra?
-Calladita, calladita.
-Que dónde la dejaste, pendejo.
-¡Se quedó arriba, no me preguntes!
-Chale, ¿y la esperamos o qué pedo?
-¡Ni madres! Le dije que si quería regresar, nos alcanzara en el bar.
-Bueno, entonces ya vámonos ¡porque quiero olvidar! Ja-ja-ja.
-Pinche Gómez, ya arráncate -le grité mientras por el retrovisor veía algo que me inquietaba -no, no... espérate.
-¿Ahora qué?
-¿Ves al señor que va subiendo?
-Sí -contestó Gómez.
-Es el papá de Sandra...
9:24 p.m.
En “La Roca” no hay nada bueno. Una rockola, una mesera gorda con plastas de maquillaje, obreros con el cabello a lo “Taxi Driver”, políticos improvisados, maestros que buscan huir de los coñitos de sus alumnas hundiendo la nariz en un tarro de cerveza y esposos cansados del matrimonio, en busca de un buen par de tetas gordas en dónde meter la cara y olvidarse de la de sus esposas. Los jóvenes no caen en lugares como este. Sólo están los que caben.
-¡No mames! ¿En serio se soltó a llorar? ¡Pinche vieja chantajista!
-Dímelo a mí. Y la pinche Sandra no decía nada. Me lleva la chingada.
-Ya güey, no puedes culparla, ¿Cómo escoger entre tu madre y tu palo?
-Ése será tu caso cabrón. No confundas. ¡A mí me pones aparte que yo no soy ningún chingado palo!
La plática transcurría entre largos tragos de cerveza. A cada momento giraba la cabeza hacia la puerta para cerciorarme de la llegada de Sandra, pero eso no parecía ocurrir.
-Ya cálmate, te ves bien pálido.
-¿Pálido yo? Déjate de bromas, Estoy emputado, que es diferente.
-De cualquier modo, ya cálmate. ¿Qué ganas? Además qué tiene si se queda con sus papás, tú sabías desde un principio que no la ibas a poder mantener quieta, sabías que tarde o temprano iba a regresar.
-En eso tienes razón, pero sigo molesto porque se quedó callada.
-Carajo, pareces niño, ya cállate. ¡Chabelita, dos oscuras por favor -¡le habla a la camarera por su nombre!
-Ya habías venido a este lugar.
-Soy cliente asiduo. En mis ratos libres enamoro a Chabelita.
-No mames, pero si no es más que un pinche clon de Paquita la del Barrio.
-Pero da buen servicio... –guiña un ojo y ambos estallamos en risas interminables. El par de negras llegó a la mesa y bebí un buen trago a mi botella, nunca he sido buen bebedor pero esta vez siento que no hay nada en mi interior y la cerveza cae a un vacío. Gómez es diferente, él puede beber mucho. Hay veces en que lo admiro más como bebedor que como persona.
-Me siento tan vacío Gómez, no sabes, nunca había tenido esta sensación.
-En tu vida te he conocido al menos a tres mujeres y sé que Sandra es tu reflejo.
-Yo también lo sé.
-¿Qué más te puedo decir? Siempre quise besarle las nalgas.
-¡Chinga-a-tu-madre! -Y volvimos a reír mientras recordaba que yo sí le había besado las nalgas y el coño y los muslos y las rodillas y los ojos y los brazos...
-¿Te acuerdas del señor que entró al edificio de Sandra antes de venir?
-¿Su papá?
-¡Tu suegro! -más risas.
-¿Qué tiene?
-Acaba de entrar y se va a sentar cerca.
-¿En serio? ¿Y crees que venga a buscarnos?
-A “buscarte“. Está sólo, lo voy a invitar a nuestra mesa. Sería poco cortés dejarlo beber sólo ¿no crees?
-¡No mames pinche Gómez, no hagas mamadas!
10:05 p.m.
Cinco minutos después, Benito Bianchi estaba en nuestra mesa dándole sendos tragos a una botella de “Indio”. El pobre no se enteraba de nada. Para él no éramos nadie más que un par de jóvenes medio ebrios que “cortésmente” lo habían invitado a compartir mesa.
-Nunca conocí Italia pero puedo sentir que corre por mis venas.
-¿Qué usted es Italiano?
-No, no precisamente -el viejo Benito siempre mirando hacia su botella -¿Y ustedes qué hacen aquí? ¿Son novios o algo? -risas. Su risa sonaba un tanto desesperada pero lo acompañamos. Era como si quisiera evitar algún problema.
-¡Jaa-jaa-jaa! Para nada, sólo vinimos a olvidar las penas.
-Qué bien muchachos. Yo también estoy viéndomelas difícil. Mi hija se fue de la casa con un cabrón y acaba de regresar, pero está peleándose con su madre y cuando eso ocurre es mejor que estén solas.
-Es que en la calle hay cada cabrón, que ya no se puede uno fiar -pinche Gómez riéndose de Benito y él ni enterado. ¿Yo? Hundiéndome -Por ejemplo, uno puede estar hablando con el que al rato le va a partir la madre.
-Y es cierto ¿verdad? Ya no podemos confiar en nadie.
11:04 p.m.
Después de cinco cervezas y un par de líneas el cuerpo comienza a responder de manera distinta. El viejo Benito ya había aflojado su corbata, había puesto su saco en el respaldo de la silla y cuando se hubo remangado la camisa nos miró e insistió:
-¿Son maricas o dónde están sus novias?
La pregunta nos había tomado por sorpresa. El alcohol estaba trabajando. Gómez me miró y dijo:
-Están en sus casas, hoy no las dejaron salir.
-¡Ah qué niñas! Al menos se conoce que tienen una buena familia.
-La mamá de la mía me mostró un poco de su hospitalidad católica -cuando dije esto, Gómez estalló en risas.
-Eso de la promiscuidad, los embarazos no deseados, y luego, ¡el aborto! Nada de eso existiría si siguiéramos la palabra de Dios. Pero ya ven, nada es posible en este mundo tan pervertido.
-Tiene razón, si seguimos así, adónde vamos a llegar.
-Ya no hay respeto por los valores que nos inculcaron nuestros padres -se nos daba aquello de la actuación.
-Qué bueno es escucharlos hablar de esa manera. Los jóvenes de ahora ya no se preocupan por su futuro. Es como les comentaba. Mi hija se fugó con un cualquiera. Debe ser un drogadicto. ¡Qué amistades las de esta muchachita! -Gómez soltaba una risita desesperante, como si un globo se estuviera desinflando -¡Ay yo no sé qué será de Sandra, porque así se llama, Sandra Bianchi, yo soy Benito Bianchi.
-Mucho gusto. Yo soy Federico y éste es Gómez.
-Extraño nombre -un trago largo a su botella -uno como padre les da todo el apoyo y es justo que después de un tiempo nos devuelvan lo que hicimos por ellos. Pero luego salen con cada chiste que... ustedes discúlpenme, no quería aburrirlos, pero es que no aguanto la idea de que mi niña esté viviendo con un vago -Gómez se desinflaba otra vez.
-No sé qué decirle señor -sonreí -tendría que ser padre para ver como usted.
-Es que como padre nunca le negaría nada a mi hija, a mi única hija.
-Lo sé, yo tampoco le negaría nada nunca.
-Creo que ahora nos vamos entendiendo.
11:49 p.m.
Gómez y el tal Benito se habían levantado. Yo miraba el reloj de “La Última Cena” en la pared con insistencia. Sandra no llegaba y comenzaba a dudar que lo hiciera alguna vez. Siempre he sido tan inseguro y eso me ha buscado problemas terribles. Prefiero evitar a las personas con las que tengo algún asunto en el que pueda quedar mal sólo para no discutir. Aborrezco las discusiones banales. “¿Para qué hablar si podemos arreglarlo a golpes?” Esa estúpida frase resumía mi estado de ánimo diario, pero no podría pegarle ni a un perro. Con las peleas nada se resuelve pero la realidad es que nunca importa nada. Aún así, no puedo discutir con nadie. No es que sea cobarde, pero prefiero actuar sin que me vean, eso siempre funciona y nadie resulta lastimado.
Como esclavo del dolor, en él encuentro el placer que la vida olvida darme. ¿Para qué quiero a la vida si tengo a Sandra..? ¿En realidad la tengo? Han pasado ya tres horas desde la última vez que la vi. Parecen tres siglos. Cada minuto volteo hacia la puerta, hacia el reloj, hacia el baño, hacia la barra, hacia el baño, hacia el reloj, hacia la puerta, reloj, baño, barra, baño, reloj, Sandra. Sandra cruzaba la puerta con los ojos rojos de llanto. Hasta en ese estado era inmaculada.
-¿Qué pasó? ¿En qué quedaste con tu mamá?
-Se calmó. Pero todavía quiere hablar contigo.
-¿Y conmigo para qué? -sorprendente -¿quiere que pida tu mano? -Sandra sonrió.
-No seas pendejo –reía y limpiaba sus lagrimitas sucias, y supuse que todo se había arreglado -quiere pedirte disculpas -y estalló en una carcajada que inundó todo el bar. Seguro se había escuchado hasta el baño.
-¿Y tu papá?
-Él se fue cuando vio el pleito.
-¿Adónde?
-No sé.
-¿Y si te digo que está aquí?
-¿Dónde?
-Aquí. En nuestra mesa.
11:58 p.m.
-Papá. Este es Federico.
-¿Tú qué haces aquí! ¿Y cómo que esto es Federico!
-A sus órdenes caballero -dije para entrar en la conversación.
12:21 a.m.
El papá de Sandra se había puesto violento. Aventó sillas, mesas, tarros de cerveza. Tres meseros, con gentiles empujones, nos obligaron a abandonar el bar por “alterar el orden” ¿cuál? Si para esta hora “La Roca“ no era más que un prostíbulo donde bailaban las putas con los obreros y los maridos infieles bajo una vulgar luz roja. Pinche matrimonio. Gómez se había robado una botella de tequila de una mesa cercana a la entrada del bar y la bebía con devoción. Sandra trataba de tranquilizar a su padre. El Señor Benito Bianchi era inofensivo pero despedía cierto halo de agresividad y una mirada de odio después de conocerme.
-¡Anda, figlio di puttana! -seguramente había visto eso en “El Padrino“. No hablaba ni jota de italiano y que me insultara de esa manera me causaba gracia. Parecía estar dispuesto a matarme para defender el honor familiar.
-¡Cálmate viejo! No queremos hacer escándalo, las cosas se arreglaron y no hay problemas qué solucionar.
-¿Cómo quieres que me calme si me robaste a mi Solecito! -eso era nuevo para mí.
-Pues el Solecito ya habló con su mamá y arregló las cosas. Vamos solecito, díselo.
-Sí papá. Mamá ya sabe que quiero vivir con Federico y dice que no hay inconveniente -Oh, mi Solecito.
-¿Ah sí?
-¿Qué me dice? ¿Buscamos otro bar para festejar? –sugerí.
-¡No! ¡Yo de aquí no me muevo sin verte sangrar.
-¡Cálmate papá!
-¡Déjese de juegos y cálmese! -apenas terminé de hablar y me infló el ojo izquierdo de un puñetazo -¡cabrón, hijo de puta, le dije que se calmara! -la histeria llegaba a Sandra y Gómez nos miraba con los ojos entreabiertos. Me incorporé para partirme los nudillos en su dentadura postiza. El tipo golpeaba ciegamente al aire y no se daba cuenta de que me movía, Patee su culo un par de veces hasta que saltó sobre mí y me tiró, dejándome a su merced. Trataba de tomar sus manos para evitar los golpes pero estaba vuelto loco, uno de mis pómulos se abrió y dejó correr la roja sangre. Se levantó para terminar de partirle los dientes, amoratar sus ojos y florear su boca. Quise romperle la espalda a patadas pero voltee a mi alrededor y observe la cara incrédula de Sandra y Gómez. Estábamos en una calle por donde ni la gente, ni la policía se pasea, así que no hubo problemas mayores.
Sacudí mi cabeza y ayudé al viejo Benito a levantarse. Nos conocíamos mejor.
-Conozco otro bar cerca -balbuceó el cincuentón.
Tuesday, March 18, 2008
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1 comments:
Hola, gracias por visitar art weva, y perdon por dejarte un comentario que nada que ver con tu entrada aqui, pero no vi donde dejar una abierta...
Muchas gracias por tu opinion sobre mi trabajo y reconozco que no tengo experiencia como tu en campo laboral, y la neta ese trabajo me lo avente en una sola tarde...(no tenia tiempo de hacerla bien), comentarios como el tuyo nos ayudan a realizar mejor nuestro trabajo...gracias, y sigue visitando artweva. Y por cierto...no se como, pero saque 9 en esa entrega...:P
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